martes, 22 de septiembre de 2009

La apacible vida svalbardiana permite maravillas como que si uno pierde el móvil, éste aparezca colgado con una amable notita en el corcho del supermercado, que las casas estén siempre abiertas, y los coches, incluso con las llaves puestas. Sin embargo, esto también ha dado lugar a más de un enredo, como el que nos explicó la chica croata del bar, que saliendo con prisas subió al coche y sólo al aparcar se dio cuenta de que en realidad había robado el de algún vecino. También es cierto que en las islas apenas hay 15km de carretera alrededor de la ciudad, así que no es que se pueda dar uno a la fuga así como así...

Si no que se lo digan a Kazem. Este iraní bonachón lleva atrapado en las islas un porrón de años, después de que le denegaran el visado en varios países. Las Svalbard resultaron ser su único refugio. En realidad, le acaban de conceder el visado suizo, aunque ahora dice que no quiere marcharse porque ya se ha hecho aquí su hueco. Tiene montada una garita de kebabs en un antiguo camión del ejército americano, y se ha forrado. No nos extrañamos, porque los cobra a unos 12 euros el trozo de pan congelado con carne y maíz.

Menos mal que nuestra amiga la tailandesa jarta no para de darnos comida a escondidas: que si más ballena por aquí, que si rollitos por allá, que si mañana a las 9 os traigo un plato... Dice, o eso le entendemos, que aquí son unos tacaños y que lo cobran todo a doblón. “5 euros el rollito, ¡están locos! ¡¡Me no like!! ¡¡Me no like!!”

Así que para bajar el atracón asiático, el domingo nos adentramos en las cumbres nevadas con Teresa, una noruega con rifle y más peligro que todo un ejército de osos juntos.

Por suerte no hubo que usarlo. Y, a cambio, un paisaje que cortaba la respiración, unos buenos moratones en el culo de Patri, que no paraba de resbalarse, y un arsenal de cacahuetes, quesitos, sardinas en tomate y bocadillos de butifarra blanca que volvieron a casa tal cual porque allá arriba era imposible comer algo que no fuese nieve en forma de ventisca.


Los contactos siguen en aumento y hemos encontrado más de un filón. También a nivel logístico aquí todo parece sencillo, ya hables con el cura, con el asistente del gobernador, o con la consejera de turismo. ¡Seguimos picando hielo!

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