miércoles, 16 de septiembre de 2009

Que en unas islas el pescado sea todo congelado o transportado en avión desde el continente, es un indicador de que aquí las cosas funcionan de manera peculiar. Seguimos sin noticias del oso polar, aunque el Gobernador ha advertido del avistamiento de dos especímenes en los alrededores del campamento. Por si acaso, nos hemos acercado a equiparnos a la tienda de deportes.

Ayer nos montamos en un barco por los fiordos rumbo a Pyramiden, un asentamiento minero soviético abandonado hace una década, en el que en la pista del polideportivo aún hay pelotas de basket por el suelo, y los libros de los niños ocupan las estanterías llenas de polvo. De camino, un paisaje espectacular y una visita a un glaciar, frío infernal y, para combatirlo, un buen saco de dormir hecho traje y chupitazo de whisky con hielo de iceberg milenario.


La llegada a Pyramiden hiela la poca sangre que aún quedaba circulando. Da la impresión de pueblo fantasma, como si de pronto se hubieran marchado todos corriendo; bloques comunistas ordenados para una perfecta vida mecanizada, una inscripción en ciríclico sobre la montaña negra que reza “paz en el mundo”, y el busto de Lenin más septentrional del planeta observando la paulatina decadencia del ideal comunista. 


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